La gente se está dando cuenta de cómo escribe Chat GPT y están cansándose de eso. Es, quizás, un malestar o rechazo ante una subestimación que las audiencias no están dispuestas a soportar.
«No es eso, es aquello», «Más que esto, es lo otro», «En un contexto donde…» y el uso de recursos gramaticales de manera insistente, como las rayas de acotación o los dos puntos, ha dejado una huella negativa en la comunicación del día tras día, tanto que el uso genuino de estos recursos ha llevado a que muchos deban omitir deliberadamente su uso para evitar que «suene a IA».
Expertos de los campos creativos están preocupados por los abusos de la IA al plagiar textos que tienen derechos de autor, han discutido también sobre los peligros que trae el uso abusivo de la IA, no solo para quienes realizan labores creativas, informativas o divulgativas, sino para las audiencias; hay una advertencia sobre el retroceso en la formación de lectores y del pensamiento crítico ante la vacuidad, debilidad y simplismo de los contenidos hechos con IA.
«La relación con la IA debería ser como la relación que mantenemos con el fuego», explica Ana Merino, directora de la Cátedra Planeta de Literatura y Sociedad y docente de la Universidad Internacional de Valencia – VIU, perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades. «En la prehistoria los humanos descubrimos el fuego, aprendimos a calentarnos con el fuego y a cocinar, pero no se nos ocurre quemar nuestra casa. El fuego es solo una herramienta como lo es la inteligencia artificial; una herramienta no sirve para todo».
La IA ahora atraviesa una ola de desconfianza, pues aunque ejecuta a la perfección las tareas encomendadas, lo hace arrojando textos demasiado estructurados, previsibles, excesivamente complacientes y con un tono homogéneo que le ha arrebatado identidad a las voces que confluyen en los medios y las redes y que, a la vez, han empezado a envilecer la experiencia digital.
Incluso, aunque la IA cumpla con su labor de conglomerar, organizar y redactar con agilidad, hay algo que no puede hacer y es asumir las consecuencias de lo que redacta, y esto pone en jaque a los creadores que abusan de ella, pues lo que comunican está generando un rechazo incipiente que las personas ya manifiestan en los comentarios de cada publicación. Usar IA sin criterio mancha la reputación.
La IA ha prometido una exactitud y velocidad asombrosas, pero no hay que olvidar que esto no es el fin del ejercicio creativo o comunicativo.
Como explica la experta de VIU, la perfección no es humana, así como una opinión no puede ser complaciente o una voz no suena igual a la otra. El estilo, la personalidad, es lo que enriquece la conversación, sea al leer alguna noticia o artículo en un medio establecido, como ver un video gracioso en redes sociales. En esa peculiaridad del discurso radica la riqueza del contenido que buscamos cada día para informarnos, educarnos o entretenernos.
«El aprendizaje humano está muy ligado al error, a no tener siempre la respuesta correcta, a no llegar directamente a una solución», indica Ana Merino. «La vida está conformada de errores, es a través de la equivocación como se llega a la solución, y la IA no entiende estos procesos porque no es capaz de vivirlos».
Esto es un punto muy importante, de cara a las nuevas generaciones. Normalizar la facilidad para delegar tareas cognitivas afecta procesos fundamentales de aprendizaje y pensamiento crítico para una generación de niños y jóvenes que, a diferencia de las anteriores, no experimentan un balance entre lo analógico y lo digital.
Por eso, el llamado es a utilizarla con criterio, como un medio y no un fin, como muchas de las otras herramientas que a lo largo de la historia han venido a facilitar, mas no reemplazar, la creación humana. El valor real de la IA está en el propósito con el que se use.
La experta de VIU añade que debemos esforzarnos por incorporar solo aquellas innovaciones que sirvan para enriquecer nuestro camino personal, para ser personas más libres y conscientes, no esclavizadas ni aturdidas por tecnologías que, a la final, pueden ser meros espejismos de la modernidad que nos han sido otorgados no de modo altruista, sino como medio para que las grandes corporaciones obtengan el mayor beneficio.


