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¿Estamos preparando a los nuevos profesionales para los riesgos actuales?

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Durante décadas, la educación superior ha sido considerada el camino natural para formar a los profesionales que impulsan el desarrollo económico de un país.

Por: Kelly Quintero, Partner Manager en BeyondTrust

Sin embargo, el contexto actual plantea un desafío distinto. La acelerada digitalización, el auge del trabajo remoto, la adopción de nuevas tecnologías y la creciente dependencia de terceros han transformado la forma en que operan las organizaciones y, con ello, los riesgos a los que están expuestas. Frente a este escenario, surge una pregunta inevitable: ¿la educación está evolucionando al mismo ritmo que las necesidades reales del mercado?

Desde la perspectiva de la industria tecnológica, la brecha entre formación académica y realidad operativa es cada vez más evidente. No hay una falta de estudiantes ni de interés por las carreras de TI; lo que existe es una escasez de mano de obra técnica calificada, con habilidades prácticas y comprensión real del entorno productivo.

Muchos profesionales egresan con una base teórica sólida, pero sin la experiencia necesaria para operar infraestructuras, gestionar accesos o entender cómo se materializan los riesgos en el día a día.

Esta desconexión se refleja en un fenómeno cada vez más común dentro del sector: una gran proporción de profesionales de tecnología no termina desempeñándose en el rol para el que fue formado. Ingenieros que migran rápidamente a áreas comerciales, de gestión o incluso fuera del sector tecnológico, no por falta de capacidad, sino porque la industria no encuentra en ellos las competencias prácticas que necesita para la operación.

Al mismo tiempo, las empresas siguen buscando perfiles técnicos que sepan ejecutar, configurar y mantener sistemas críticos, una realidad que también se observa en otras áreas de conocimiento, como las ciencias sociales, donde muchos egresados no logran insertarse plenamente en los roles para los que fueron formados, reflejando una falta de alineación más amplia entre academia e industria.

Cuando la brecha se convierte en riesgo

En ciberseguridad, esta brecha se vuelve aún más crítica. Hoy, muchos incidentes no provienen de ataques altamente sofisticados, sino de errores básicos: accesos mal gestionados, permisos excesivos, configuraciones incorrectas y falta de control sobre terceros. El trabajo remoto y la tercerización han ampliado la superficie de ataque, incorporando proveedores y equipos externos que requieren acceso a sistemas sensibles. Sin embargo, estos escenarios reales siguen estando poco representados en los programas académicos.

El resultado es un mercado con perfiles junior muy básicos, alta rotación y organizaciones obligadas a invertir tiempo y recursos en capacitar desde cero. Para los profesionales recién graduados, esto se traduce en frustración y en la necesidad de complementar su formación con cursos y certificaciones que poco tienen que ver con su carrera original. El mercado no está pidiendo más títulos, sino habilidades aplicables, orientadas a la ejecución y a la gestión real del riesgo.

El impacto de esta brecha va más allá de la academia y se siente directamente en la productividad del país. Cada año se gradúan profesionales de TI que no logran insertarse plenamente en roles técnicos, mientras sectores estratégicos continúan enfrentando una escasez de talento operativo. El resultado es un uso ineficiente del capital humano y organizaciones más expuestas a riesgos que podrían mitigarse con una mejor preparación desde el inicio.

Reducir esta distancia exige un cambio de enfoque académico: menos énfasis en la teoría aislada y mayor cercanía con la realidad del mercado. La formación práctica, el contacto temprano con escenarios reales y la comprensión de los riesgos operativos deberían ser parte central del proceso educativo. En un entorno donde la identidad se ha convertido en el nuevo perímetro de seguridad, ignorar cómo se asignan accesos y privilegios ya no es una omisión menor, sino una fuente directa de riesgo.

Mientras la educación y la industria sigan avanzando a ritmos distintos, la brecha seguirá ampliándose. Y con ella, no solo la frustración de los nuevos profesionales, sino también la exposición de las organizaciones en un ecosistema digital cada vez más complejo, distribuido y dependiente de decisiones humanas.

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