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“La muerte huele a naranjas”

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Esta obra nos sumerge en una ciudad convulsa, donde personajes olvidados cobran vida. Aquí, la ficción y la realidad se entrelazan, y la distancia entre actor y público desaparece.

Nueva creación de la compañía Teatro El Baúl, que celebra 20 años de trayectoria, bajo la dirección de Ariel Merchán.

En esta oportunidad, presenta una puesta en escena bifrontal, con actuaciones potentes y una narrativa envolvente, acompañada de un vestuario cuidadosamente concebido y una sutil sonorización que nace dentro de la escena, creando una experiencia que cautiva e impacta los sentidos. Pieza que estará en temporada del 21 al 30 de marzo en el Teatro La Sala.

La historia sigue a un policía en busca de su hijo desaparecido, quien, tras la presión paterna, termina involucrado en una banda de microtráfico. En el transcurso de esta búsqueda, reaparecen: su esposa, una costurera que busca venganza. Una mujer con cáncer que no tiene a quién dejar en herencia sus gatos. Una transexual que nunca pudo ser la gran artista que siempre quiso. Un fabricante de armas conflictuado con las muertes causadas por su industria. Una locutora desempleada que sólo sabe cantar números de bingo y un cuasi habitante de calle sin rostro y mudo.

Todos convergen en una plaza, el verdadero escenario de esta historia que, a través de sus encuentros y desencuentros, revela las tensiones, los conflictos y las ausencias que los atraviesan.

Patricia Maldonado, Cecilia Ramírez, Catherine Gutiérrez, David Osorio, Mario Hernández y Anderson Balsero, interpretan a siete personajes que, a pesar de sus diferencias, comparten un mismo anhelo: una vida que nunca tuvieron y que saben que nunca tendrán.

“Esta obra nos invita a ver a esos seres olvidados que tenemos muy cerca y que muchas veces preferimos ignorar”, afirma Merchán, quien hace énfasis en la actuación como eje central del montaje. Su experiencia como actor y dramaturgo, sumada a su formación en realización audiovisual y escritura creativa, le ha permitido, junto a su equipo, desarrollar una estética en la que lo humano prima sobre lo espectacular.

El origen de esta obra se remonta a La vida en la Plaza Roosevelt, de la dramaturga alemana Dea Löher. Merchán conoció su trabajo durante su formación en la Academia Superior de Artes de Bogotá y quedó profundamente impactado por su abordaje en temas como la desesperanza y la muerte.

Años después, cuando Bogotá enfrentaba la cruda realidad de cuerpos encontrados en bolsas de basura y el auge del narcotráfico urbano, encontró una resonancia inquietante con el contexto colombiano. Así nació La muerte huele a naranjas, una versión libre que se apropia de la historia para retratar la sociedad fragmentada en la que vivimos.

La muerte huele a naranjas es un montaje que desafía al espectador, confrontándolo con una realidad que en ocasiones prefiere ignorar. A través de su puesta en escena bifrontal, la obra no solo expone la vida en los márgenes de la sociedad, sino que también convierte al público en parte de la experiencia, haciéndolo testigo y reflejo de lo que ocurre en escena. “Como espectador cuando tengo el público en frente, tengo la sensación de que el otro es un espejo, que me hace estar consciente del presente”, comenta el director.

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