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“Flores para mis muertos”: la época de la Violencia, desde la memoria

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Con dos epígrafes que nos ponen a reflexionar sobre la vida (y la muerte), y nos invitan a descubrir esta historia de nuestra tierra, el escritor Andrés Castañeda compartió detalles sobre su obra “Flores para mis muertos”, un libro que, desde su título, conmueve. 

El autor explica que la decisión de narrar la historia a través de la mirada de un niño surge de una manera orgánica, aunque él lo concibe más como el recuerdo de un adulto sobre su infancia. Esta perspectiva infantil busca mezclar la capacidad de los niños para “conversar con fantasmas o ángeles” y su mirada más inocente e ingenua, libre de los prejuicios que, a menudo, acompañan a la violencia. 

“Gonzalo claramente no tiene el prejuicio para tomar un bando y no está diciendo: “estos son los buenos, estos son los malos.” Él simplemente está contando lo que está sucediendo y va dejando registro. Por eso procuré que él no fuera el protagonista, sino que se convirtiera en ese narrador que va dándole voces a cada uno de los personajes”, comenta el autor. 

Y sobre ese “hablar con los muertos” y otras tradiciones como ir al cementerio cada semana, explicó: “A pesar de que yo no soy una persona creyente, sí me parecía lógico darle una cabida a esa mirada metafísica del mundo que nos atraviesa como colombianos, como sociedad, como latinoamericanos y que sin eso, no explicamos nuestra identidad, nuestra relación con el territorio, nuestra relación con la historia misma”. 

El autor revela que la inspiración para la ritualidad de las flores proviene de su propia experiencia. Su abuelo falleció cuando él tenía 11 años y en su pueblo natal, Piedecuesta, Santander, era costumbre llevar flores cada semana a los difuntos. Esta práctica simboliza el recuerdo y la conexión con aquellos que ya no están. Castañeda contrasta esta tradición con los cementerios modernos, donde la ritualidad de las flores ha disminuido, a pesar de la estética cuidada de las lápidas. 

“Flores para mis muertos” aborda la época de la Violencia en Colombia, un tema que ha marcado profundamente la historia del país, y menciona que su padre le hablaba de los conflictos en Santander, una región donde vivieron sus abuelos. Piedecuesta tiene una particularidad: es el único pueblo de Colombia con dos iglesias. La iglesia del Perpetuo Socorro, la primera que fue construida pero que está clausurada debido a un sacrilegio: “se dice que un sacerdote fue asesinado y su sangre fue usada para pintar las paredes. Esta historia, junto con relatos de enfrentamientos entre veredas liberales y conservadoras, donde líderes fueron asesinados y exhibidos públicamente, son ejemplos de las historias que existen en el imaginario y en el recuerdo, pero de las que casi no hablamos”, explica Castañeda. La otra iglesia, donde se hacen las ceremonias litúrgicas, es la San Francisco Javier, erigida en 1774, ubicada también en la Plaza la Libertad. 

El autor ha investigado extensamente sobre la violencia en Colombia pero aclara que su obra es ficción, aunque se vale de hechos históricos para transmitir una verdad. “El arte miente para decir algo que sí es cierto”, afirma, buscando reflejar que la violencia “pasó y sigue sucediendo en este país”. 

El lenguaje cercano y el tono de la novela, que ha sido adaptada para un público juvenil por Panamericana Editorial, buscan generar reflexión en las nuevas generaciones. 

Castañeda enfatiza en la importancia de que los jóvenes conozcan la historia de su país, ya que a menudo carecen de este conocimiento debido a un sistema educativo que no lo prioriza y a una sociedad hiperconsumista. 

La obra también incorpora imágenes, que complementan y refuerzan el simbolismo del texto. Aunque la primera edición fue solo texto, la colaboración con un ilustrador para la edición de Panamericana ha permitido plasmar la esencia de la novela de una manera visualmente impactante, en blanco y negro. 

Dentro de la trayectoria de Castañeda se destaca haber ganador de un premio en Bucaramanga por su obra. Este reconocimiento, obtenido gracias a una beca de creación literaria de los portafolios municipales de estímulos, le ha abierto puertas y le ha permitido visibilizar su trabajo. Él destaca la importancia de estos portafolios como herramientas del Estado para apoyar y visibilizar las expresiones artísticas de los territorios, contribuyendo a rescatar la identidad cultural. 

Al interactuar con jóvenes en colegios, Castañeda busca acercarse a ellos desde la horizontalidad, validando sus inquietudes y preguntas. Cree que la lectura no debe ser obligatoria, sino un goce, y que es fundamental bajar la literatura y al escritor de un pedestal, reconociendo que son personas normales con las mismas experiencias y desafíos que cualquier otro. 

Actualmente, Castañeda está trabajando en un libro para público infantil, buscando ofrecer historias que no subestimen la inteligencia de los niños. También está en proceso de su segunda novela, una obra muy diferente a “Flores para mis muertos”, que aborda el conflicto desde una perspectiva más actual y moderna. 

La escritura de “Flores para mis muertos” tomó aproximadamente un año, desde mediados de 2019 hasta mediados de 2020, durante la pandemia. Sin embargo, el proceso de reescritura, revisión y edición fue mucho más largo, extendiéndose por cinco años hasta encontrar lo que considera la mejor versión de la novela. 

Finalmente, Castañeda reflexiona sobre la violencia en Colombia, y señala la “Incapacidad gigantesca para entender que somos un país de países. Nos caracteriza la falta de tolerancia, el machismo, el racismo, la homofobia y la transfobia, que no son opiniones, sino formas de violencia que no deben ser toleradas”. 

Aboga por el respeto a la diferencia y la otredad, y concluye que la lectura debe ser un placer y una forma de conectar con historias, sin pretensiones de superioridad, y la literatura puede ayudar a preservar la cultura y nuestra historia para seguir enriqueciendo nuestra narrativa, como sociedad.

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